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José Pulido

La pareja, por José Pulido
46a, José Pulido

La pareja, por José Pulido

 No hace mucho tiempo que se quedaron sin vivienda. A lo mejor primero perdieron el apartamento y después tuvieron que renunciar a vivir en una habitación. Desde diciembre deambulan con una maleta y dos bolsas y lo hacen imitando el estilo de las personas que están llegando a una ciudad o que andan buscando taxi para salir hacia el aeropuerto.Se nota que llevan muchísimos años de casados. Actúan sincronizados, como esas palomitas que se paran juntas en una rama y parecen comunicarse con movimientos de cabeza. Se conocen profundamente. Duermen sentados, abrazados, como si estuvieran en un cine. Su hogar es la mesa más discreta de un pequeño café, que cierra temprano por la noche.A las seis de la mañana se alistan para salir a la calle; el hombre con la maleta y ella con las bolsas. Todavía ...
El manifiesto, por José Pulido
38a, José Pulido

El manifiesto, por José Pulido

 A Oswaldo Vigas le gustaba recordar la ocasión en que vivió una aventura cuando conoció a varios integrantes de la Junta Patriótica que encabezaba la lucha contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.Ya estaba viviendo en París. Un día regresó a Venezuela para hacer una exposición en la Fundación Mendoza. El empresario Eugenio Mendoza y su esposa, doña Luisa de Mendoza le tenían aprecio y cada vez que exponía le compraban uno o dos cuadros. Oswaldo fue a El Nacional para que anunciaran la muestra y en la puerta se encontró con Miguel Otero Silva. Oswaldo le dijo “quiero hablar contigo”. Miguel le respondió: “espérame un momento, porque luego vamos a ir a una reunión”.La reunión era en los talleres de El Nacional. Allí estaban Fabricio Ojeda, Guillermo García Ponce, Carlos Dorante y otras ...
El conoto negro – José Pulido
37a, José Pulido

El conoto negro – José Pulido

Algunos indígenas del valle de Caracas no le tenían demasiado temor a la muerte, porque creían que al morir se convertirían en pájaros. Y pensaban esto porque observaban con mucha agudeza todo lo que hacía el Conoto negro. El Conoto negro es un pájaro que construye unos nidos colgantes y largos que sólo podrían ser tejidos por manos de mujer. Los indios observaban al Conoto negro y lo veían igualito a una tía que se murió, a un primo, a un conocido. Bruno Manara, quien escribió e ilustró un delicioso libro titulado Aves del Ávila, señala que el Conoto negro debe su nombre científico a ese nido colgante que construye. Toda cosa que vuele, eche raíz o se arrastre, tiene un nombre común y un nombre científico. El Conoto negro se llama, científicamente hablando, Psarocolius decumanus...
El lobo – José Pulido
36a, José Pulido

El lobo – José Pulido

-Usted ha estornudado a causa de algo que no se ve, pero flota en el aire. Aun siendo muy bella, pero muy bella, usted no es una flor y por eso su cuerpo ha rechazado el polen. El viento, el agua, los insectos y las aves, transportan el polen, son vectores de la polinización. Las flores se fueron tornando cada vez más bellas para atraer a ciertos pájaros o a determinados insectos. Eso se lo escuchó al agrónomo: le hablaba del tema a su hermana mayor con una voz  melosa. Todo el barrio sabe que su hermana mayor es muy leída y muy bonita. Es evidente que al señor agrónomo le agrada más su belleza. Sin embargo, el muy hipócrita le hace comentarios de profesor. Ese debe ser su truco de hombre para enamorar. Pero le resultará muy fallido con su hermana. Ella tiene dieciocho años y lo úni...
Esa divina pichirrez – José Pulido
35a, José Pulido

Esa divina pichirrez – José Pulido

No quisiera gastar muchas horas escribiendo este texto sobre la avaricia. Pero escribir es un oficio reñido con el apuro. Se va tornando exigente: en el ordenamiento del palabrerío se invierten horas que nunca volverán. Además, causa daños colaterales: se devalúa la computadora, muere un cardumen de células de tanto meditar y se derrocha electricidad. Según la Divina Comedia, los avaros y los pródigos están atrapados en el cuarto círculo infernal. Su castigo consiste en dar vueltas sin parar y gritarse insultos. Los avaros perdieron el paraíso por haber guardado mal. Y los pródigos, por la manera como gastaron lo que tenían. Si escondes los billetes, aunque estés vomitando sangre, eres un avaro y el diablo hará pisillo con tus entrañas. Si agarras el dinero y comienzas a dilapida...
El amor tatuado – José Pulido
34a, José Pulido

El amor tatuado – José Pulido

 Yo corría por el patio persiguiendo un perro que perseguía a una gallina y mi mamá me gritaba desde la cocina que dejara la ventolera con esos animalitos de Dios y me paré en seco. -¡Es Daniel Santos!- grité desaforado y mi mamá dejó de hacer lo que estaba haciendo y se asomó colocando la cabeza en posición de antena viviente tratando de escuchar más allá del patio y de los confines del barrio. “Señora del pecado luna de mi pasión, mírame arrodillado junto a tu corazón” -Daniel está cantando en la Radio Nacional ¡Prende la philips rapidito, chico!- me gritó y ya yo estaba en la sala-comedor sintonizando a Daniel Santos, en el aparato de radio tipo capilla que mamá llamaba confianzudamente “la philips”, de la misma manera que a Marilyn Monroe le decía “la Marilyn” como si f...
La última foto de Proust – José Pulido
33a, José Pulido

La última foto de Proust – José Pulido

Alice B. Toklas, la secretaria y compañera de Gertrude Stein, contó que ellas conocieron a Man Ray “en uno de esos hoteles pequeñitos de la rue Delambre, y Man Ray tenía tres cámaras grandes, diversos aparatos de iluminación y en una cabina revelaba las fotos. Nos enseñó fotografías de Marcel Duchamp y de muchas otras personas…” Man Ray se mudó a París en el año 1921. Se instaló en Montparnasse y entre varios de sus amigos figuraba Jean Cocteau. En el año 1922, hace exactamente cien años, Cocteau se apareció ante Man Ray para pedirle un favor muy especial: que retratara a su amigo Marcel Proust quien había muerto unas horas antes. Man Ray ya era reconocido como un vanguardista unido al dadaísmo y al surrealismo. Proust había obtenido el Premio Goncourt con A la sombra de las ...
El cuadro de Wilfredo Lam – José Pulido
32b, José Pulido

El cuadro de Wilfredo Lam – José Pulido

Oswaldo Vigas contaba que su mejor amigo en París era Wifredo Lam. El pintor cubano era un hombre cincuentón y Oswaldo un joven de treinta. La obra de Lam estaba muy cotizada. Oswaldo siempre le decía “quiero un cuadro tuyo, pero nunca tengo dinero”. Pero un día, por cosas del azar, Vigas pudo comprar casi regalado un cuadro de Lam. Las ilustraciones que hacía para André Breton y otros surrealistas lo hicieron más evidente y figuró entre los más destacados artistas del surrealismo. La primera vez que Lam estuvo en París, antes de la Segunda Guerra Mundial, Picasso hizo que el gran marchand Pierre Loeb firmara un contrato con Lam y vendiera sus obras. Un tiempo después, Pierre Loeb se disgustó porque Wifredo Lam dijo que Picasso había copiado unas telas suyas. En relación con este...
Desmemoriado – José Pulido
31b, José Pulido

Desmemoriado – José Pulido

Cuando estaba a punto de cumplir setenta años, ocurrió aquello que fue como fin de mundo en todo el litoral guaireño: un mes lloviendo sin parar; días y días con el aire lleno de agua, cortinas de lluvia, ni un sólo pájaro pudo volar más, las mariposas se metieron quién sabe debajo de qué conchas. Era el aguacero más mojado que había visto en su vida.Miraba los goterones y los chorros de agua que se formaban por todas partes y lo único que se repetía como una letanía en su mente era que estaba solo y cumplir tantos años sin compañía no ameritaba festejos por ningún lado.Desde su casa veía el mar, que erizaba el lomo enfurecido bajo la paliza que le estaban dando el viento y la tormenta; adivinó más que vio, la espuma llegando a las aceras, subiéndose a la calle. Las paredes filtraban ya la...
Paisaje urbano – José Pulido
30a, José Pulido

Paisaje urbano – José Pulido

En este país no te puedes sentar a descansar apaciblemente en ninguna parte. Parece imposible lograr algo tan sencillo: sentarse quietecito a mirar, sin ninguna molestia, el paisaje urbano. Pero hay lugares en donde sentarse equivale a una experiencia casi paranormal, o en donde definitivamente no te puedes encontrar ni contigo mismo. Un día cualquiera me senté en la plaza Bolívar y me sentí como se debe sentir todo el que se sienta allí: rodeado de poder y sin ningún poder. Frustrado y sin poder frustrar a nadie. Las palomas, que evidentemente no saben que Bolívar es el Libertador, lo cagan, cariñosamente, pero lo cagan. Y los niños que la gente lleva a la plaza para que se distraigan, con su amor desinteresado y sus ganas interminables de jugar, dan comida a las palomitas y las...
El visitante – José Pulido
29a, José Pulido

El visitante – José Pulido

Antes, en los periódicos, funcionaba una recepción con una recepcionista sonriente, y la gente se anunciaba sin muchos inconvenientes. Había algunos visitantes tan asiduos que pasaban de largo hacia la sala de redacción. Cuando uno dice “antes” se refiere específicamente a los años sesenta y setenta. Porque en los años ochenta, comenzaron a ponerse de moda en los periódicos las gerencias que detestaban el oficio de la comunicación social y los guardias de seguridad que se creían guardaespaldas norteamericanos.En esos días se volvió obligatorio cargar un carnet bien visible, en la solapa o en el pecho. Si no te ponías el carnet, no podías entrar al periódico donde trabajabas. En esos años ochenta, yo era jefe de las páginas de arte de El Nacional y un día me llamó, desde la entrada del peri...
No hay lo que tú quieres – José Pulido
28b, José Pulido

No hay lo que tú quieres – José Pulido

Cuando la ciudad se congestiona y los automóviles avanzan unos metros apenas, aparecen los vendedores ambulantes que ofrecen espejos redondos, paraguas, llaves inglesas, peinetas de dama antañona, lupas, tornillos para antenas de televisión, mariposas y arañas en cajitas de vidrio, y afiches de Pedro Infante. Basta que usted necesite comprar un tornillo para antenas de televisión o un alicate de presión, los vendedores aparecen ofreciendo plátanos y mangos y las ferreterías se esfuman. Si usted anda buscando con urgencia una de esas lupas que introducen agresivamente por la ventanilla en el tránsito detenido, solo encontrará vendedores ambulantes pregonando mentol chino y manteca de culebra. Si el médico le dice que lo estítico se le pasará tomando jugo de tamarindo, en cada semáforo...